
El director francés Michel Gondry ha vuelto a reunir a dos grandes iconos australianos, Kylie Minogue y Margot Robbie, en un cortometraje para Chanel que rinde un sofisticado homenaje a uno de los hitos más recordados de la historia del pop: el vídeo de Come Into My World de 2002. Sin embargo, tras más de dos décadas, el contraste entre la calle real de aquel entonces y el escenario de lujo actual revela una evolución profunda en la publicidad, la tecnología y nuestra percepción de la estética urbana.
En el año 2002, Gondry logró una proeza visual sin las herramientas automatizadas que hoy damos por sentadas. Para conseguir que cuatro versiones de Kylie caminaran por la misma acera sin chocar, fue necesaria una precisión milimétrica mediante cámaras robóticas de control de movimiento que repetían el mismo recorrido exacto una y otra vez. La cantante debía caminar al ritmo de una pista de audio que fluctuaba en velocidad para compensar los giros técnicos, y el proceso de montaje requirió un extenuante trabajo de rotoscopiado manual, donde especialistas recortaban su silueta fotograma a fotograma para superponer las capas. Hoy, un software realiza esa tarea en segundos, pero en aquel momento era pura artesanía digital.
Una de las diferencias más notables en esta nueva colaboración radica en el entorno. Mientras que el vídeo original se rodó en una intersección real de Boulogne-Billancourt, a las afueras de París, conservando un aire cotidiano y obrero marcado por las antiguas fábricas de Renault, el cortometraje de 2026 para Chanel se traslada a un espacio idealizado. Se trata de un diorama perfecto, limpio y con una iluminación impecable que resalta el producto, evitando el caos del París contemporáneo —su tráfico, sus obras y su contaminación— para no romper el aura de ensueño que rodea al emblemático bolso Chanel 25.
Este cambio de escenario se complementa con un nuevo uniforme visual que define la era actual de la casa de moda. Chanel ha sustituido los trajes rígidos y las perlas por un estilo relajado, más cercano al streetwear de alta gama, donde tanto Kylie como Margot Robbie aparecen con pantalones anchos, jerséis de punto y calzado sencillo. Esta estrategia busca borrar la brecha generacional entre ambas: Kylie mantiene su imagen de «vecina de al lado» convertida en reina del pop, mientras que Robbie representa una modernidad deliberadamente despreocupada, vistiendo prendas de altísimo valor como si fueran lo primero que encontró al despertar.
En última instancia, lo que une a estas dos mujeres, más allá de su origen australiano, es su actitud ante el entorno. Al igual que en 2002, donde el mundo de Kylie se volvía caótico al multiplicarse mientras ella seguía caminando con optimismo, en esta nueva entrega esa sonrisa frente al bucle infinito sigue siendo el mensaje central. La armadura moderna de Chanel no es ya un vestido de gala, sino unos vaqueros bien cortados y la capacidad de transitar por un mundo complicado sin perder jamás la compostura ni la estética.